Me gusta empezar a leer los periódicos por la contraportada (sí, ya sé, yo también leo el As de atrás hacia adelante). Simplemente leo los titulares, veo si alguna noticia es impactante, y sino, directamente doy la vuelta al periódico y me voy a las columnas de gente interesante. Es curioso, pero cada vez hago más esta práctica. Y lo curioso es que cuando lo comento con más gente, también me encuentro a gente como yo, raros donde los haya, que tenemos esta misma manía. No sé, yo creo que es amor por los periódicos, práctica diaria de lectura, imaginación.
Tenemos a Manuel Vicent los domingos en El País, a Raúl del Pozo diariamente en El Mundo, y luego la plantilla que cambia diariamente en El País, que me gustan por su variedad. Elvira Lindo es una de ellas. Suelo leer su columna semanal en el suplemento de los domingos, que es de lo más variopinta, culta, refinada, y que siempre te lleva de una historia a otra sin enterarte. Es pura literatura, sencillez.
Hoy nos honra con una columna, para mí, magistral. Dice así:
Raro este país nuestro en el que nadie dice lo que gana o lo que tiene. Es sin duda una manera de protegerse de la envidia; una táctica para librarse de los pedigüeños; en el mejor de los casos, el deseo de no herir al que no lo tiene. Un decoro inculcado en nuestro catálogo moral por la tradición católica. En ese respeto a las tradiciones, nuestras derechas y nuestras izquierdas se parecen mucho más de lo que ellas estarían dispuestas a aceptar. El votante de derechas cree que si un personaje público de izquierdas tiene un patrimonio no está legitimado para defender la justicia social; el de izquierdas está dispuesto a desconfiar, por principio, de aquel que se enriquece pero también genera riqueza, es decir, del empresario. El dinero hay que llevarlo en secreto. Es un pecado.
Y van y se publican los patrimonios de los políticos. Y como nuestra mentalidad es la que es, eso alimenta discursos populistas y da lugar a comparaciones entre las casas que tiene uno y los garajes que tiene el otro. Como siempre, debates estériles. Del patrimonio de un político me interesa solo la diferencia entre lo que tenía cuando comenzó a representarnos y el presente; me interesa lo que gana en relación a su responsabilidad; la pensión que cobra en su retiro y los privilegios que supuestamente debe seguir disfrutando de por vida. El resto, la casa que heredó de sus padres o la que se compró con su sueldo, no me aporta nada, no es de mi incumbencia. Creo en la transparencia, por supuesto, pero en un país tan aficionado a culpabilizar al que se le supone un mínimo de bienestar todos los datos tienden a interpretarse torcidamente. En el fondo, esta transparencia que degenera en cotilleo nos aleja de lo esencial: saber si nuestra democracia goza de mecanismos para controlar la corrupción, un pecado hacia el que tenemos una gran tolerancia.
No sé puede decir tanto en tan pocas palabras. Estoy muy de acuerdo con este artículo. Por eso hoy lo dejo aquí colgado. Por la sencillez de un argumento en tan pocas líneas, y tan bien contado. Gracias.
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