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martes, 1 de noviembre de 2011

The Situation Room

Creo que ha sido todo un acierto la nueva apuesta de ampliar el área de INTERNACIONAL del diario El País, con blogs más personalizados por los distintos corresponsales que tiene el diario en EE.UU, Pekín, Berlín, Paris, Londres, etc.

En ellos, excelentes periodistas como Antonio Caño, nos dan pruebas de que otro periodismo es posible: uno donde historia, literatura y política se dan la mano y nos hacen disfrutar simplemente con la historia de, en este caso, cómo se creo la sala más transcendental desde el punto de vista político a nivel internacional: THE SITUATION ROOM es, para mí, un excelente artículo. Gracias, Antonio.


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La sala principal de The Situation Room.


La presidencia de Estados Unidos es el más importante centro de poder del mundo. Ninguna otra institución, ni siquiera de carácter internacional, toma decisiones que afecten a un mayor número de personas de más países. En la medida en que los intereses norteamericanos son de carácter planetario, en la Casa Blanca se despachan diariamente asuntos que afectan a lugares remotos y a millones de inviduos que ni siquieran saben que, en alguna medida, están siendo gobernados desde aquí.

La cultura del espectáculo que impera en este país ha reflejado ese gran poder en multitud de símbolos que sirven para hacerlo más evidente y próximo a los ojos de los ciudadanos. Uno de esos símbolos es lo que se conoce con el nombre de The Situation Room, el despacho más inaccesible del Ala Oeste, el lugar en el que se discuten los asuntos más secretos. Es una oficina de gran valor operativo dentro del edificio presidencial. Pero es también una representación del poder americano. Su sola mención evoca momentos de enorme trascendencia histórica y resume la compleja estructura de mando de una superpotencia. Por eso ha sido varias veces reproducida en el cine y la televisión y da nombre al principal programa político de la CNN.

The Situation Room, que puede traducirse malamente como Sala de Situaciones o Sala de Crisis, no es, en realidad, una sala, sino un complejo de 13 despachos y habitaciones preparados con una tecnología que los hace impermeables a cualquier tipo de espionaje exterior y que permite establecer, con garantías, comunicaciones con embajadores y líderes mundiales o entre los distintos organismos del Gobierno. También conocida como War Room, está situada justo un piso por debajo del Despacho Oval y, en contra de lo que pueda pensarse, no es subterránea, no es un búnker ni nada por el estilo. La semana pasada fue utilizada por Obama para comunicarle al primer ministro de Irak su decisión de retirar todas las tropas norteamericanas de ese país antes del final de este año. El momento estelar de esa sala durante esta Administración fue el del seguimiento en directo de la operación en que un comando de Navy Seals mató a Osama Bin Laden, que dio lugar a esa famosa foto en la que todos los rostros, especialmente el de Hillary Clinton, reflejaban los instantes de tensión que estaban viviendo.


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Seguimiento de la muerte de Bin Laden. (Foto: Pete Souza)


Fue construida por orden del presidente Kennedy en 1961, después de haber concluido, me parece que equivocadamente, que el fiasco de Bahía de Cochinos se debió en gran medida a la falta de buenas comunicaciones con los principales responsables de la operación. No tuvo, sin embargo, un gran protagonismo durante la crisis de los misiles, que Kennedy dirigió principalmente desde el Despacho Oval. Entonces era una instalación mucho más modesta, de solo tres espacios y menos sistemas de protección.


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The Situation Room en 1962.




Cada presidente la ha utilizado de forma más o menos intensa, de acuerdo a sus particulares preferencias y caprichos. Johnson la usó tanto durante el seguimiento de la guerra de Vietnam que hizo instalar allí su mejor sillón. Nixon, sospechoso de todo, confiaba más en su propio despacho. Kissinger sí era, en cambio, un visitante asiduo. Como lo fue después Bush padre.

Johnson
Johnson sigue los movimientos
militares en Vietnam.


Kissinger
Kissinger, en The Situation Room.



El valor estratégico que la Sala de Situaciones tiene en este momento no se alcanzó hasta la reforma que Bush hijo mandó hacer en 2007. Fue entonces cuando se la extendió en tamaño y en ocupación. Bush le dio acceso a ese territorio, reservado hasta entonces únicamente para el Consejo Nacional de Seguridad, al Departamento de Seguridad Interior, que él creó después de los ataques del 11 de septiembre, y a los miembros de su Gabinete personal. Fue desde allí desde donde se dirigieron los momentos principales de las guerras de Irak y Afganistán. En una ocasión Bush lo hizo acompañado del único líder extranjero que ha sido invitado a ese lugar, Tony Blair.


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Bush y Blair se comunican con los mandos militares en Irak.


Hoy es una instalación imprescindible para el trabajo del presidente. Funciona de forma permanente 24 horas al día y 365 días al año. De ello se ocupa un equipo de medio centenar de personas, en su mayoría militares, que, además, cada mañana a las seis en punto tienen listo un informe para el presidente. Desde la Sala de Situaciones, Obama conversa con los jefes del Pentágono y con algunos gobernantes de otros países con los que es necesario tratar asuntos especialmente delicados, como Karzai. Las comunicaciones visuales se establacen en la sala principal del complejo, donde hay instalada una mesa de reuniones convencional y seis pantallas para el seguimiento de las conversaciones. Por supuesto no hay ventanas al exterior, aunque sí unos cuadros electrónicos que las simulan. Todas las llamadas telefónicas se hacen desde unas cabinas provistas de aparatos y líneas seguras. Una versión más modesta de la Sala de Situaciones está instalada a bordo del Air Force One, el avión presidencial.

Todas estas sofisticaciones tecnológicas no son, como se ha demostrado muchas veces, garantía de que no se producen filtraciones de secretos o de que Estados Unidos dispone de información privilegiada sobre todos los sucesos. Los errores cometidos por este país en materia de espionaje a lo largo de la historia son graves y cuantiosos. Probablemente la mejor función que cumple The Situation Room es la de alimentar el mito del poder americano.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La contraportada

Me gusta empezar a leer los periódicos por la contraportada (sí, ya sé, yo también leo el As de atrás hacia adelante). Simplemente leo los titulares, veo si alguna noticia es impactante, y sino, directamente doy la vuelta al periódico y me voy a las columnas de gente interesante. Es curioso, pero cada vez hago más esta práctica. Y lo curioso es que cuando lo comento con más gente, también me encuentro a gente como yo, raros donde los haya, que tenemos esta misma manía. No sé, yo creo que es amor por los periódicos, práctica diaria de lectura, imaginación.
Tenemos a Manuel Vicent los domingos en El País, a Raúl del Pozo diariamente en El Mundo, y luego la plantilla que cambia diariamente en El País, que me gustan por su variedad. Elvira Lindo es una de ellas. Suelo leer su columna semanal en el suplemento de los domingos, que es de lo más variopinta, culta, refinada, y que siempre te lleva de una historia a otra sin enterarte. Es pura literatura, sencillez.
Hoy nos honra con una columna, para mí, magistral. Dice así:

Raro este país nuestro en el que nadie dice lo que gana o lo que tiene. Es sin duda una manera de protegerse de la envidia; una táctica para librarse de los pedigüeños; en el mejor de los casos, el deseo de no herir al que no lo tiene. Un decoro inculcado en nuestro catálogo moral por la tradición católica. En ese respeto a las tradiciones, nuestras derechas y nuestras izquierdas se parecen mucho más de lo que ellas estarían dispuestas a aceptar. El votante de derechas cree que si un personaje público de izquierdas tiene un patrimonio no está legitimado para defender la justicia social; el de izquierdas está dispuesto a desconfiar, por principio, de aquel que se enriquece pero también genera riqueza, es decir, del empresario. El dinero hay que llevarlo en secreto. Es un pecado.
Y van y se publican los patrimonios de los políticos. Y como nuestra mentalidad es la que es, eso alimenta discursos populistas y da lugar a comparaciones entre las casas que tiene uno y los garajes que tiene el otro. Como siempre, debates estériles. Del patrimonio de un político me interesa solo la diferencia entre lo que tenía cuando comenzó a representarnos y el presente; me interesa lo que gana en relación a su responsabilidad; la pensión que cobra en su retiro y los privilegios que supuestamente debe seguir disfrutando de por vida. El resto, la casa que heredó de sus padres o la que se compró con su sueldo, no me aporta nada, no es de mi incumbencia. Creo en la transparencia, por supuesto, pero en un país tan aficionado a culpabilizar al que se le supone un mínimo de bienestar todos los datos tienden a interpretarse torcidamente. En el fondo, esta transparencia que degenera en cotilleo nos aleja de lo esencial: saber si nuestra democracia goza de mecanismos para controlar la corrupción, un pecado hacia el que tenemos una gran tolerancia.
No sé puede decir tanto en tan pocas palabras. Estoy muy de acuerdo con este artículo. Por eso hoy lo dejo aquí colgado. Por la sencillez de un argumento en tan pocas líneas, y tan bien contado. Gracias.