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viernes, 9 de septiembre de 2011

Javier Marías

Leo con asiduidad a Juan Cruz. Le empecé a seguir en las tertulias de CNN+, esa cadena amiga (porque te lo creías que un canal te podía informar, divertirte, crearte opinión de las cosas, etc), y luego también en la radio. Lo que me gusta de él es la tranquilidad y la sonrisa que siempre muestra, su jovialidad. Su habla, su acento canario, tiene algo especial. Le ves, le oyes, y sólo se te viene a la cabeza que éste tipo es sorprendente. Además, una de las cosas que más me alucina es cómo es capaz de unir a las cosas cotidianas de la vida, a los sucesos políticos, opiniones pasadas de grandes escritores, obras literarias...
Le sigo. Hay que seguir a tipos como éste.

Y hoy le traigo a mi blog por este artículo que acabo de leer y que espero que guste. Es sobre la visita del Papa en agosto a Madrid, y viene de otro artículo de Javier Marías.

Los artículos de Javier Marías tienen, entre otras muchas virtudes, la virtud de la enumeración, de la clasificación de los hechos y de la búsqueda y el contraste de los datos. En ese sentido, y en otros, son artículos estrictamente periodísticos, a los que, por supuesto, les añade el autor de Negra espalda del tiempo la pimienta abundante de sus propias opiniones. Su último artículo en EL PAÍS Semanal, publicado el domingo 4 de septiembre, trata de la visita del Papa a Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Es una descripción del ambiente que ese momento eclesiástico creó en la tórrida capital de España, y es una demostración de las capacidades narrativas del escritor que fue vecino (ahora el Ayuntamiento está en otra parte, para su fortuna) del muy concurrido despacho de Alberto Ruiz-Gallardón. En algún momento de su artículo, que ha generado regocijo en los que opinan (opinamos) como él y rechazo en los que no están de acuerdo con sus juicios, Marías desliza esta frase, a partir de otras evidencias que dejó atrás el paso de Benedicto XVI y sus seguidores católicos: "Pero qué truculenta despedida la de Zapatero: calzándole los escarpines rojos a ese Papa ´fashion victim`, convirtiendo la capital del país que gobierna en el escenario más reminiscente de la vida bajo el franquismo que yo haya contemplado desde que Franco murió. La misma sensación de agobio y de no tener escapatoria, de claustrofobia, de cautiverio". Exactamente eso fue lo que pasó. Sin duda, otros tendrán (y la han expresado en sus múltiples órganos de expresión multitudinaria) ideas distintas de la mancha blanca (o amarilla) que quedó aquí tras las jornadas que presidió el Papa, pero lo cierto es que esa abundancia de beatitud y de arrobo era una secuela de esa España católica a machamartillo que llenaba nuestras plazas y nuestras iglesias en los años más oscuros de la dictadura, cuando era obligatorio arrodillarse ante el paso del Santísimo cuando éste era acompañado por las notas marciales de nuestro himno nacional. La descripción de Marías incluye a Zapatero calzándole los escarpines al Papa. Aparte de la metáfora, que tiene que ver con ese momento concreto de las jornadas de la JMJ, lo cierto es que la política española sigue mezclando en exceso a la Iglesia católica en sus celebraciones, y esa mezcla es verdaderamente atosigante en algunas comunidades autónomas, como la mía en Canarias, donde no hay una procesión donde no aparezcan, sin tener por qué, obligados sin duda alguna por el qué dirán, políticos y cargos públicos de todo signo, que se hacen la señal de la cruz para ganar votos de los que, en caso contrario, dirían que son peligrosos rojos que ni se santiguan. Respeto para la Iglesia, cómo no, pero respeto también para los que no queremos que la Iglesia siga teniendo, en la vida civil, el poder que mantiene, para dibujar conciencias, para crear culpas. Ah, y no se pierdan, en el artículo de Marías el capítulo de las excomuniones. El artículo se titula, precisamente, Excomuniones de quita y pon.


JAVIER MARÍAS LA ZONA FANTASAMA

Excomuniones de quita y pon



España tiene cuatro millones de parados, un 20% de la población. Las perspectivas son malas y el desempleo entre los jóvenes alcanza el 45%. No hay un euro para nada salvo para las fiestas de cada localidad -ninguna las cancela nunca, para la diversión municipal e idiota no hay crisis-. La gente sale cada vez menos en verano: una semana, diez días, quince a lo sumo. Agosto es ya un mes normal en las grandes ciudades. Éstas no se quedan vacías jamás y la mayoría de sus comercios permanecen abiertos, por necesidad. Los que disponen de vacaciones pero no de dinero para marcharse intentan hacer lo que no pueden el resto del año: dormir más, descansar, pasear, llevar un ritmo sosegado, recuperar fuerzas. A sabiendas de todo esto, al Gobierno de la nación y al Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid no se les ha ocurrido otra cosa que paralizar, bloquear y dividir la capital del Estado durante ocho días seguidos -ocho- para entregársela sin restricciones al Papa y a la Iglesia Católica, en detrimento de los pobres madrileños, que, una de dos: o se convertían rápidamente y se sumaban a las hordas de "peregrinos", o se veían encarcelados en sus domicilios y asediados desde el exterior. Durante ocho días -ocho- es como si hubiéramos padecido dos Muros de Berlín que nos confinaban a una pequeña porción de nuestra ciudad, casi a un barrio. Resultaba imposible cruzar la Castellana a menos que uno diera un monstruoso rodeo a pie bajo temperaturas tórridas; otro tanto sucedía, en perpendicular, con la Gran Vía y Alcalá. Las dos arterias principales, vedadas al tráfico; las líneas de autobús, imbécilmente suprimidas o desviadas cuando más se las necesitaba, dado que habían llegado de golpe "un millón de peregrinos", según los organizadores de las Jornadas Mundiales de la Juventud papal, quienes han invadido y tomado Madrid. En el metro, por tanto, no podía ni entrarse: los que se aventuraban salían planchados como Tom y Jerry o sucumbían a lipotimias.

El espectáculo ha sido dantesco y de un primitivismo descorazonador: las jóvenes huestes uniformadas (unas parecían de Falange, otrasboy-scouts) deambulando sin sentido, en riadas, gritando y cantando antiguallas sin cesar (muy cívicas no han sido, sin ningún respeto por el trabajo o el descanso de los habitantes), esperando a vislumbrar a Ratzinger para luego exclamar cosas propias de tarados mentales ("¡Lo he visto un segundo, ha sido superemocionante y superimpresionante!"), tratando de parecer alegres y resultando irremediablemente tristes. ¿Qué tiene la Iglesia Católica para conseguir la sordidez incluso allí donde la media de edad es de veintidós años y el motivo -se supone- uno de júbilo para ella? No sé, quizá lo aclaraba una participante al referirse a la "juerga" de la noche anterior: "Ay, nos quedamos hasta las dos de la madrugada, en una macrofiesta de vida consagrada"(sic). Sea esto último lo que sea, como gran jolgorio no sonaba muy prometedor.

La Iglesia española no ha tenido bastante este año con su abuso de Semana Santa. En Madrid ha celebrado una segunda, multiplicada por cien. En pleno agosto todo ha sido ocupado por procesiones, hemos vuelto a ver desfilar a sus deprimentes y falleras efigies (que para muchos no son más que tótems), nos han breado a misas y alocuciones, nos han llenado el Retiro de confesonarios grotescos -como si no hubiera bastantes templos vacíos-, las calles de feligreses chillones. TVE, que se debe a todos, ha estado monopolizada y ha retransmitido cada pasito del Sumo Hechicero de una tribu, como si no hubiera más en el mundo y sólo católicos practicantes en el país. De los beatos Gallardón y Aguirre, de los beatos todos del PP, no otra cosa se podía esperar. Pero qué truculenta despedida la de Zapatero: calzándole los escarpines rojos a ese Papa fashion-victim, convirtiendo la capital del país que gobierna en el escenario más reminiscente de la vida bajo el franquismo que yo haya contemplado desde que Franco murió. La misma sensación de agobio y de no tener escapatoria, de claustrofobia, de cautiverio. En Madrid, durante ocho días, nadie pudo trabajar, ni desplazarse, ni comprar, ni descansar, ni pasear, ni respirar. Claro que ha habido pérdidas, y no sólo económicas: de salud democrática y de salud mental. Parecía 1961, no 2011. Y qué decir de los obispos españoles: Rouco, con su rouca faz; Martínez Camino, con su retorcido colmillo; Braulio Rodríguez, con su peculiar idea de lo que son "paletos". Además de eso, han llamado "parásitos" a quienes se oponían al boato de esta visita papal, esa palabra, "parásitos", que precisamente ellos nunca deberían pronunciar. Han hablado de "acoso" a la Iglesia ... mientras se adueñaban de una capital a cuyos ciudadanos acosaban ellos sin contemplaciones. Y Ratzinger ha cargado contra quienes, "creyéndose dioses, desean decidir qué es o no verdad, lo que es bueno o malo, justo o injusto" ... cuando no otra cosa lleva dos mil años haciendo la institución que él preside, con la agravante de imponérselo a los demás.

Con todo, el cinismo, la frivolidad y el mercantilismo de la Iglesia han hallado su más nítida expresión en este detalle: según ella, hay pecados tan horribles que acarrean la excomunión, en este mundo no hay posible perdón para ellos ... salvo si se confiesan ustedes en Madrid en estos días de agosto, que el Papa necesita masas y hay que atraerlas como sea. Entonces sí les levantaremos la excomunión. Bueno. Es asunto de la Iglesia, claro está, pero no me digan que no es esto lo mismo que lo que en publicidad se llama una "superoferta" o un "ofertón".






domingo, 4 de septiembre de 2011

QUE LA JUVENTUD SE ACERQUE...., A MÍ.

Ya hemos vuelto de vacaciones. Con ganas de seguir, y con la energía de haber recargado pilas.

Me fui de vacaciones con la visita del Papa pisándome los talones, y harto de la sumisión de los poderes civiles a los eclesiásticos.

Bien: hoy me voy a reír. Nada mejor que hacerlo con fotos como ésta. Prometo incluir alguna más si así lo merece.



sábado, 13 de agosto de 2011

El anciano políglota

Soy un adicto a la web de José A. Pérez. Por estas cosas que dice, le seguiré leyendo a muerte. Lo mejor de él: escribe directo, como un puñetazo a los mismísimos intestinos, revolviendo conciencias.


Si España no va a Dios, Dios irá a España. Y como el representante terreno de Dios es alemán, ha decidido venir en agosto, como todos sus compatriotas.

Viene, eso sí, financiado por un nutrido grupo de patrocinadores entre los que se encuentran los muy cristianos El Corte Inglés, Movistar y Banco Santander, cuyas juntas de accionistas ya se han garantizado, con el gesto, el Reino de los Cielos.

No me malinterpretes. Defiendo la libertad de creer cualquier superchería. Hay quien consume homeopatía, quien busca reducir las cartucheras con Somatoline, quien acude a reiki, quien lleva Power Balance y quien reza a nuestro señor Jesucristo (yo mismo hice esto último en mi infancia). El placebo es de libre uso, y no veo motivo para que los católicos no se metan un buen chute de autoestima supersticiosa coreando totus tuus (o lo que coreen ahora) en el centro de Madrid.

Ocurre que la pasta de los patrocinadores no es suficiente, mira tú, porque mover al vicario de Cristo es caro de cojones. Ni siquiera con la contribución de Ford y SGAE -muy cristianos también- alcanza para transportar al pastor de pastores, su coche de diseño exclusivo y su faraónico séquito. De modo, damas y caballeros, que hay que apoquinar.

Dicen los organizadores de la Jornada Mundial de la Juventud que el evento saldrá rentable porque va a generar un cuantioso retorno. Y probablemente estén en lo cierto. Jesucristo tiene más groupies que Harry Potter, muchos de ellos dispuestos a mover su inmaculado culo allende fronteras para ver al Santo Padre en acción.

La próxima semana las cadenas de televisión vomitarán toneladas de imágenes donde personas procedentes de todo el mundo ensalzan las virtudes del autor de reflexiones como 'la homosexualidad es un desorden objetivo'. El mismo tipo que afirmó que los condones agravan el problema del SIDA en África. Un tipo que ha llegado a comparar el ateísmo con el nazismo, un personaje con unas ideas que, de no llevar ese extravagante traje blanco, sería calificado de fanático, imbécil o algo peor que, por respeto al lector católico, dejo en elipsis.

Con la visita de un anciano alemán políglota y malcarado, Madrid se llenará de personas racionales comportándose con irracionalidad, místicamente arrebatados por la superstición que han mamado desde niños. Me parece estupendo. Cada uno se engaña como quiere. Pero el Estado no paga mi placebo. Que no pague, por tanto, el de los católicos. Por muchos que sean.

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jueves, 11 de agosto de 2011

Las quejas de un “paleto”

Esto es indignante. Sí, me refiero a la visita del Papa. Y me adhiero a lo dicho por Héctor Juanatey en el blog de Escolar.


Héctor Juanatey


Opina Braulio Rodríguez, arzobispo de Toledo, que es de “paletos” criticar la Jornada Mundial de la Juventud. Que estamos haciendo el “ridículo mundial”. Tanto, tanto, que dice estar “indignado”. Se queja Rodríguez de que parece que es el papa quien tiene que “arreglar” el paro y los problemas de muchas familias sin recursos no viniendo. No. Una vez más, no lo han entendido. Las críticas a la visita papal no vienen dadas por su presencia en España. Nacen por otra serie de motivos, por los privilegios que disfrutarán solo y únicamente quienes lleguen a España —o estén ya aquí— a corear los cánticos de Joseph Ratzinger. A continuación, enumero los motivos de las quejas de este “paleto” según el arzobispo de Toledo:


1. El papa no viene a España como jefe de Estado del Vaticano, por mucho que algunos se empeñen en defenderlo. Viene aquí a promulgar su religión, la católica, y lo hará con un precio de entrada de 50 millones de euros, 25 de los cuales los pagará el Estado, esto es, todos y todas. El resto estará financiado eso sí, por los propios asistentes a los actos de la JMJ y por una buena cantidad de empresas privadas, que podrán gozar —por obra y gracia del Gobierno— de beneficios fiscales de hasta el 80%.


2. El Gobierno, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento de Madrid cederán a los obispos gratuitamente 800 centros escolares financiados con fondos públicos para acoger a todas las personas que se reunirán en la ciudad durante la visita del papa. Tampoco sorprende sabiendo que la propia Iglesia es aún hoy la encargada de nombrar a dedo a los profesores de religión que luego cobrarán del Estado.


3. Mientras la Comunidad de Madrid encarece el precio del billete único de bus y metro —de un euro pasa a valer 1,50—, los asistentes a la JMJ disfrutarán de un precio ultrareducido de los abonos turísticos. Les costarán cinco veces menos. Y eso que la Consejería de Transportes e Infraestructuras de la Comunidad de Madrid defendió en su momento que el encarecimiento de los billetes “sólo” afectaría a los viajeros esporádicos.


4. Según los organizadores del evento, la JMJ es una “buena inversión” y reportará beneficios a España. Pero… Si los asistentes disponen de alojamiento gratuito, apenas pagarán el transporte y gozarán además de comidas gratuitas debido a un acuerdo entre el Arzobispado y un grupo empresarial de locales de alimentación, ¿en qué se dejarán el dinero los peregrinos?


5. El plan de movilidad desarrollado por el Ayuntamiento de Madrid supondrá un enorme trastorno para los madrileños. El centro de la ciudad estará cortado durante una semana. Aquí se explica cómo estará la capital: “Dispositivo de Movilidad con motivo de la visita del Papa”.


6. El 15-M no puede mantener un punto de información estable en Sol, pero el papa sí puede disponer gratuitamente de todo el aeródromo de Cuatro Vientos, el Paseo de Recoletos, la plaza de Cibeles, el Palacio de Congresos, el Palacio de los Deportes o hasta la propia sede del Ayuntamiento. Y no nos olvidemos del parque del Retiro, donde ya hay instalados 200 confesionarios.


7. El Museo Reina Sofía abrirá sus puertas de forma gratuita a quien presente a la entrada su carnet de peregrino.


8. La Federación Española de Baloncesto regalará 3.000 entradas a voluntarios de la JMJ para el partido de este sábado contra Lituania.


9. Esta es la tercera visita del papa a España en menos de un año. Si tenemos en cuenta que su estancia en Santiago de Compostela —donde estuvo ocho horas— y Barcelona —permaneció en la ciudad apenas un día— costó a las arcas públicas alrededor de seis millones de euros, el Estado se ha dejado al menos 31 millones de euros en la visita de un líder religioso.


¿Quién dijo eso de “España, estado aconfesional”?




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martes, 19 de julio de 2011

José Luis Sampedro y la visita del papa

No puedo estar más de acuerdo, desde la A hasta la Z, de este sabio cuyo nombre es José Luis Sampedro.

Retener el espíritu, el saber, la experiencia, la voz de este viejo hombre, es de obligado cumplimiento. Cada frase que dice, cada reflexión es una onda expansiva que se te queda gravada en la mente. Y sí, dices: "es indignante".

Desde la manipulación a la que se les somete a los chicos de corta edad que se les adoctrina en el pensamiento histórico-religioso, hasta el sometimiento del poder público, laico, aconfesional-constitucional al poder religioso, sin saber muy bien por qué. Es para quedarse uno con una cara de tonto...

Y es que viene el Papa, ¡¡¡y el Ayuntamiento de Barcelona quita la publicidad de condones de los autobuses urbanos por no ofender a la Iglesia católica!!! ES INAUDITO en un país democrático, a confesional como decimos.

Nos tenemos que defender, levantarnos, decirlo bien alto. Esta no es la visita de todos. Es la visita de una minoría.

Todos hemos leído estas últimas semanas cómo se pone todo el aparato del estado, desde escuelas, pagas a conserjes, descuentos en impuestos a empresas privadas que ayuden a la financiación del evento... ¿No nos va a hacer reflexionar ésto?.

Pasar este vídeo. Pasarlo es traspasar a nuestro vecino nuestra indignación y quizás entre todos podamos cambiar algo de esta bajada de pantalones del Estado a la jerarquía eclesial española y al Vaticano.